martes, 5 de junio de 2012


LA MONJA QUE CREÍA SER DIOS
Soy madre, y se me revuelve el estómago cuando me pongo en el lugar de esas miles de madres, que han sufrido tantos años la carencia de sus hijos, no por la voluntad divina, si no por una representante de la fe cristiana que pensaba que podía arrancarlos de sus brazos sin ningún tipo de remordimientos. Y con esto no quiero incluir a toda la comunidad cristiana en el mismo saco, Dios me libre de ello, aunque hay que reconocer que se le hace flaco favor al resto de los católicos, aunque “garbanzos negros” existen en todas partes,
María Gómez Valbuena, la monja que traficaba con niños, no hace honor ni a su nombre, ni al apellido de su madre, y pido disculpas por ello, pero debería llamarse “Valmala”.
A lo largo de las informaciones en todos los medios de comunicación vamos conociendo a este personaje prepotente y sin entrañas, que no muestra arrepentimiento por sus muchos pecados. El principal, aunque no el peor, es la soberbia con la que trataba a los que consideraba inferiores a ella, esgrimiendo su superioridad, amenazando a las más débiles en un acto de total cobardía. Entregaba a los bebés que robaba a las madres a las pocas horas de dar a luz, en adopción al mejor postor. Quién es ella, ni nadie, para saber lo que es mejor para esos bebés? cuando lo más natural es que permanezcan con su madre biológica, a no ser que esta exprese su consentimiento de renunciar a él; pero en estos casos en que la monja creía ser Dios, administraba el destino de esas criaturas, basando el criterio de donación, en el saldo de la cuenta corriente de los nuevos padres; y estos padres pagaban “religiosamente” no por sus hijos, que en ningún momento eran conscientes de estar comprándolos, si no por los gastos ocasionados en el hospital.
Todos hemos conocidos a niños/as llenos de perversión, en la escuela primaria, en el instituto, en la universidad, y la perversión no se cura con los años, ni con el oficio o profesión que los perversos desempeñen, y aunque no conozco la infancia ni adolescencia de esta monja, he de suponer que fue una niña prepotente, y tal vez si se sometiera al análisis de un buen psicólogo, diagnosticara un interminable cuadro de frustraciones.
Ahora calla, en una nueva demostración de altivez, de estar por encima del bien y del mal, aunque también puede pensar que salir de ese silencio, tiene un precio, tan acostumbrada como está a recibir grandes sumas por su verborrea de víbora. Y las víboras aunque consiguieran sonreír, siguen teniendo veneno.
Marga Utiel.


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